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ERA LA ULTIMA NOCHE...

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I Era la última noche, la noche de las tristes despedidas, y apenas si una lágrima empañaba sus serenas pupilas. Como el criado que deja al amo que le hostiga, arreglando su hatillo, murmuraba casi con la emoción de la alegría: —¡Llorar! ¿Por qué? Fortuna es que podamos abandonar nuestras humildes tierras; el duro pan que nos negó la patria, por más que los extraños nos maltraten, no ha de faltarnos en la patria ajena. Y los hijos contentos se sonríen, y la esposa, aunque triste, se consuela con la firme esperanza de que el que parte ha de volver por ella. Pensar que han de partir, ése es el sueño que da fuerza en su angustia a los que quedan; cuánto en ti pueden padecer, oh, patria, ¡si ya tus hijos sin dolor te dejan! II Como a impulsos de lenta enfermedad, hoy cien, y cien mañana, hasta perder la cuenta, racimo tras racimo se desgrana. Palomas que la zorra y el milano a ahuyentar van, del palomar nativo parten con el afán del fugitivo, y parten quizás en vano. Pues al posar el fatig...

EN SUS OJOS RASGADOS AZULES

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En sus ojos rasgados y azules, donde brilla el candor de los ángeles, ver creía la sombra siniestra de todos los males. En sus anchas y negras pupilas, donde luz y tinieblas combaten, ver creía el sereno y hermoso resplandor de la dicha inefable. Del amor espejismos traidores, risueños, fugaces... cuando vuestro fulgor sobrehumano se disipa... ¡qué densas, qué grandes son las sombras que envuelven las almas a quienes con vuestros reflejos cegasteis! Rosalía de Castro

EN EL ALMA LLEVABA UN PENSAMIENTO

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En el alma llevaba un pensamiento, una duda, un pesar, tan grandes como el ancho firmamento tan hondos como el mar. De su alma en lo más árido y profundo, fresca brotó de súbito una rosa, como brota una fuente en el desierto, o un lirio entre las grietas de una roca. Rosalía de Castro

CERRADO CAPULLO DE PALIDAS TINTAS

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Cerrado capullo de pálidas tintas, modesta hermosura de frente graciosa, ¿por quién has perdido la paz de tu alma? ¿a quién regalaste la miel de tu boca? A quien te detesta quizás, y le causan enojo tus labios de cándido aroma, porque busca la rosa encendida que abre al sol de la tarde sus hojas. Rosalía de Castro

DE LA NOCHE EN EL VAGO SILENCIO

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De la noche en el vago silencio, cuando duermen o sueñan las flores, mientras ella despierta, combate contra el fuego de ocultas pasiones, y de su ángel guardián el auxilio implora invocando piadosa su nombre, el de ayer, el de hoy, el de siempre, fiel amigo del alma, Mefistófeles, en los hilos oculto del lino finísimo y blanco cual copo de espuma, en donde ella aún más blanca reclina la cabeza rubia, así astuto y sagaz, al oído de la hermosa en silencio murmura: «Goza aquél de la vida, y se ríe y peca sin miedo del hoy y el mañana, mientras tú con ayunos y rezos y negros terrores tus horas amargas. Si del hombre la vida en la tumba ¡oh, bella!, se acaba, ¡qué profundo y cruel desengaño, qué chanza pesada te juega la suerte, le espera a tu alma!» Rosalía de Castro

CON QUE PURA Y CLARA TRANSPARENCIA

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A la luna I ¡Con qué pura y serena transparencia brilla esta noche la luna! A imagen de la cándida inocencia, no tiene mancha ninguna. De su pálido rayo la luz pura como lluvia de oro cae sobre las largas cintas de verdura que la brisa lleva y trae. Y el mármol de las tumbas ilumina con melancólica lumbre, y las corrientes de agua cristalina que bajan de la alta cumbre. La lejana llanura, las praderas, el mar de espuma cubierto donde nacen las ondas plañideras, el blanco arenal desierto, la iglesia, el campanario, el viejo muro, la ría en su curso varia, todo lo ves desde tu cenit puro, casta virgen solitaria. II Todo lo ves, y todos los mortales, cuantos en el mundo habitan, en busca del alivio de sus males, tu blanca luz solicitan. Unos para consuelo de dolores, otros tras de ensueños de oro que con vagos y tibios resplandores vierte tu rayo incoloro. Y otros, en fin, para gustar contigo esas venturas robadas que huyen del sol, acusador testigo, pero no de tus miradas. III Y yo, celo...